La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados.
Julio Cortázar. -Rayuela, Cap. XVII.
Entender el amor de la Maga, entender cada piolincito saliendo de las cosas y llegando hasta sus dedos, cada títere o cada titiritero, como una epifanía; entenderlos no como símbolos de otra realidad quizá inalcanzable, pero sí como potenciadores (qué lenguaje, qué impudor), como exactamente líneas de fuga para una carrera a la que hubiera tenido que lanzarse en ese momento mismo, despegándose de la piel esquimal que era maravillosamente tibia y casi perfumada y tan esquimal que daba miedo, salir al rellano, bajar solo, salir a la calle, salir solo, empezar a caminar, caminar solo, hasta la esquina, la esquina sola, el café de Max, Max solo, el farol de la rue de Bellechase donde… donde solo, Y quizá a partir de ese momento.
Julio Cortázar. -Rayuela, Cap. XVIII.
Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte.
Julio Cortázar (Poema “Bolero”)
No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico.
JC
A la salida del Luna Park un cronopio advierte
que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj.
Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas
que remonta Corrientes a las once y veinte
y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto.
Meditación del cronopio: “Es tarde, pero menos tarde
para mí que para los famas,
para los famas es cinco minutos más tarde,
llegarán a sus casas más tarde,
se acostarán más tarde.
Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa
y menos acostarme,
yo soy un cronopio desdichado y húmedo”.
Mientras toma café en el Richmond de Florida,
moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.
Julio Cortazar - La tristeza del cronopio
Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito.
Julio Cortázar. -Rayuela, Cap. XXIII.
Pobre amor el que de pensamientos se alimenta.
Julio Cortázar. -Rayuela, Cap. XXVII.
Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Que nunca intentaré olvidarte, y que si lo hiciera, no lo conseguiría. Que me encanta mirarte y que te hago mío con solo verte de lejos. Que adoro tus lunares y tu pecho me parece el paraíso. Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser
Julio Cortàzar
Mi esperanza más antigua es ésta (infantil, increíble): un encuentro con alguien que me haga sentir que vive, que somos dos, sin que tengamos que recurrir a la mediación del lenguaje oral.
Alejandra Pizarnik